Democracia en transición (Tercera Parte) Conocimiento, poder y el rol de la Universidad

Si definimos al Estado -a manera de hipótesis para provocar un debate- como un proceso histórico en construcción y movimiento, entonces la democracia sería el espacio de transformación política y social de este proceso, a partir de un nuevo paradigma de relaciones políticas Sociedad-Estado en tanto conjugue un ejercicio de toma, construcción, distribución, irradiación y consolidación del poder ciudadano

 

Un proyecto político de esta naturaleza demanda de una ruptura en el arquetipo de las relaciones culturales del colectivo; no alcanza con el desarrollo normativo e institucional que, siendo necesarios, se corresponden exclusivamente con la plataforma de desarrollo de un nuevo modelo que requiere, de manera ineludible, la construcción de un ideal movilizador que provoque empoderamiento y corresponsabilidad ciudadana con el proyecto en transición.

 

¿Pero quién construye el ideal movilizador?, ¿quién provoca la ruptura paradigmal?, ¿quién, sin pretensión mesiánica: excita, incita, propone o desarrolla las capacidades críticas de la población?, ¿quién fomenta el diálogo deliberativo?, ¿quién cuestiona el estatus quo?, ¿quién investiga, desarrolla, cuestiona, expande el conocimiento y la inteligencia genética colectiva? 

 

Las universidades, instituciones de gestión y desarrollo de la educación superior, la ciencia y el conocimiento son los agentes llamados a esta construcción, sin embargo, enfrentan hoy una profunda crisis de contenido, atrincheradas (como describe Marcuse en su crítica el fetichismo de la tecnología y la unidimensionalidad de la política dominada por la razón instrumental) entre la actividad científica, técnica e investigativa frente a la formación para la ciudadanía dentro de la sociedad industrial avanzada.

 

Empero, las Universidades, ocupadas más por el otorgamiento de grados que por el desarrollo del conocimiento, enfrentan una crisis epistemológica que Fuentes Ortega la describe como “un proceso de privatización de la Universidad, que no sólo significa abrir universidades privadas, sino someter a toda la Universidad (sea pública o privada) a la lógica del mercado”; es decir, universidades formando piezas que encajen en el rompecabezas de la modernidad a partir de la acreditación de profesionales que busquen su lugar en la cadena alimenticia.

 

La universidad, más allá de lo instrumental y utilitario de los títulos y los grados, está llamada, por su propia historia, a convertirse en el agente promotor de la transformación social, reinventar su direccionamiento, recuperar su profundo contenido epistemológico, conjugar formación, investigación, expansión e irradiación del conocimiento para provocar capacidades críticas y propositivas que, más allá de lograr una adaptación exitosa del profesional al sistema, sean estos capaces de entenderlo, cuestionarlo y transformarlo.

 

 

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