La ética en el pacto ético Parte I

Hablar de un pacto ético es una apuesta compleja y arriesgada, primero, por la evidente necesidad de hacerlo desde una perspectiva intelectual y académica sólida que aporte en el debate local y nacional; y, segundo, por la construcción sociopolítica que levantamos, caracterizada por la (in)tolerancia y el ostracismo.


Planteaba, en un artículo anterior, el problema de la tolerancia desde la visión utilitaria que la reduce al ejercicio de la “aceptación desde el YO superior al TU inferior” frente al ejercicio dinámico de la tolerancia, como la refiere Bobbio, “el problema de la convivencia entre distintos”

 

Entre posición y oposición, hemos construido un espacio de intolerancia que fomenta el ostracismo (voz griega ostrakismos) que en el mundo de la política se emplea cuando se aparta a algún miembro por no ser del agrado o interés de los demás.

 

Reflexiones iniciales que considero necesarias al intentar comprender el estado político actual, somos una sociedad que excluye y divide en extremos, promotores o detractores, no hay línea media, no hay espacio para reconocer y criticar, es lo uno o lo otro, negando la opción de hacer “aikido social”, todo es entropía pura y dura…

 

Procuro explicar mi argumento, hoy nos convoca la oportunidad de debatir, deliberar y dialogar de manera amplia y plural la opción de construir un pacto ético que se convierta en un documento guía y garante de un ejercicio político basado en la moral; sin embargo el debate se concentra en torno a quien lo convoca; y, en lugar de llenarlo de contenidos, de fortalecerlo y convertirlo en una oportunidad para mejorar la calidad de la política nacional, lo asumimos; puerta uno: desde la posición defendiéndolo en sentido estricto sin posibilidad de ampliarlo o modificarlo; o, puerta dos: desde la oposición negando la validez y vigencia de discutir la vinculación de la ética en la construcción política, desde las dos perspectivas hacemos entropía, definida, desde la termodinámica, como la energía que se pierde o desperdicia en un sistema.

 

El llamamiento a un pacto ético debería provocar un estado de aikido social; es decir, emplear la fuerza que se genera en el sistema para apalancar la posibilidad de posicionamiento de nuestras ideas en el diálogo, deliberación y debate, convocando espacios y provocando la confrontación de ideas que permita encontrar líneas medias que nos reencuentren con el compromiso de hacer una sociedad amplia, plural e incluyente

 

La ética, decía Albert Jacquard, no consiste en formular preceptos caídos o dictados desde el cielo, sino que es consecuencia de tomar consciencia de lo que somos.

 

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