Dice un conocido adagio popular que “la pereza es la madre de todos los vicios”; y, no faltó el asalto de la “viveza criolla” que sentenció que “como a toda madre hay que respetarla”…
La pereza condiciona una actitud simplista, la ley del menor esfuerzo, su
lógica construye una (sub)cultura: copiar o hacer trampa en el examen y/o
informe, dejar para última hora, saltar la fila y usurpar un puesto,
incumplimiento de plazos, postergación de las obligaciones, alguien me dijo
alguna vez que nos convertíamos en el país del mañana, no en el país del
futuro: “el país del futuro es el país de las oportunidades y los logros,
nosotros somos el país del mañana, el país en el que dejamos todo para mañana,
aupados en la ley del menor esfuerzo”, en la (sub)cultura de la viveza criolla
que condena la excelencia y el esfuerzo.
La viveza criolla es, en suma, un compendio de lo ridículo convertido en
la línea oficial de la conducta cotidiana del vivo, gara, bacán, pilas, sabido,
etc., pero ¿es la viveza criolla el factor de medición de la virtud en la
sociedad que pretendemos construir?, ¿necesitamos resignificar el contenido de
viveza criolla?; y, resignificar en el sentido sustantivo del prefijo RE:
inversión del significado simple, es decir, “volver a” para “cambiar el rumbo
de”
Un ejemplo de resignificación positiva, es decir, llenar con nuevos contenidos
una palabra, lo encontramos en el término morlaco que, en principio, como
señala Carlos Joaquín Córdova en su libro “el habla del Ecuador”, fue un
adjetivo despectivo para señalar torpeza e ignorancia, inclusive llegando a
construcciones populares como “morlaco ni de leva ni de saco”.
Pero morlaco hoy denota contenido y significado distinto, elegimos a la
Morlaquita del Año, animamos cada domingo al cuadro morlaco en el estadio y, la
capital morlaca es conocida como la Atenas del país, morlaco es un signo de identidad
de un pueblo querido y respetado, un apodo que lo exhibimos con orgullo, pues
nuestra cultura ha sido lo suficientemente fuerte como para poder resignificar
la palabra y llenarla de nuevos contenidos en el imaginario nacional.
Volviendo sobre la idea de Albert Jacquard “la ética no consiste en formular
preceptos caídos o dictados desde el cielo, sino que es consecuencia de tomar
consciencia de lo que somos”; y, entendiendo que nuestra ética colectiva esta
demarcada por el concepto de la viveza criolla, me atrevo a proponer que
deberíamos ver, en el llamado Pacto Ético, la oportunidad de discutir la
resignificación positiva de la viveza criolla en la construcción de la nueva
sociedad que pretendemos levantar.
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