Pacto Ético Parte 2: (Re)significando

 Dice un conocido adagio popular que “la pereza es la madre de todos los vicios”; y, no faltó el asalto de la “viveza criolla” que sentenció que “como a toda madre hay que respetarla”…


La pereza condiciona una actitud simplista, la ley del menor esfuerzo, su lógica construye una (sub)cultura: copiar o hacer trampa en el examen y/o informe, dejar para última hora, saltar la fila y usurpar un puesto, incumplimiento de plazos, postergación de las obligaciones, alguien me dijo alguna vez que nos convertíamos en el país del mañana, no en el país del futuro: “el país del futuro es el país de las oportunidades y los logros, nosotros somos el país del mañana, el país en el que dejamos todo para mañana, aupados en la ley del menor esfuerzo”, en la (sub)cultura de la viveza criolla que condena la excelencia y el esfuerzo.


La viveza  criolla es, en suma, un compendio de lo ridículo convertido en la línea oficial de la conducta cotidiana del vivo, gara, bacán, pilas, sabido, etc., pero ¿es la viveza criolla el factor de medición de la virtud en la sociedad que pretendemos construir?, ¿necesitamos resignificar el contenido de viveza criolla?; y, resignificar en el sentido sustantivo del prefijo RE: inversión del significado simple, es decir, “volver a” para “cambiar el rumbo de”


Un ejemplo de resignificación positiva, es decir, llenar con nuevos contenidos una palabra, lo encontramos en el término morlaco que, en principio, como señala Carlos Joaquín Córdova en su libro “el habla del Ecuador”, fue un adjetivo despectivo para señalar torpeza e ignorancia, inclusive llegando a construcciones populares como “morlaco ni de leva ni de saco”.


Pero morlaco hoy denota contenido y significado distinto, elegimos a la Morlaquita del Año, animamos cada domingo al cuadro morlaco en el estadio y, la capital morlaca es conocida como la Atenas del país, morlaco es un signo de identidad de un pueblo querido y respetado, un apodo que lo exhibimos con orgullo, pues nuestra cultura ha sido lo suficientemente fuerte como para poder resignificar la palabra y llenarla de nuevos contenidos en el imaginario nacional.


Volviendo sobre la idea de Albert Jacquard “la ética no consiste en formular preceptos caídos o dictados desde el cielo, sino que es consecuencia de tomar consciencia de lo que somos”; y, entendiendo que nuestra ética colectiva esta demarcada por el concepto de la viveza criolla, me atrevo a proponer que deberíamos ver, en el llamado Pacto Ético, la oportunidad de discutir la resignificación positiva de la viveza criolla en la construcción de la nueva sociedad que pretendemos levantar.

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