¿Qué tienen en común el tucán andino con el colibrí pico espada, el papagayo de Guayaquil, el águila harpía con el cóndor andino, el delfín rosado, el jaguar, el oso de anteojos y el armadillo gigante?
¡Exacto!, todos son parte de la lista de 2306 especies en peligro de extinción registradas en el Ecuador; y, representan, según la Lista Roja Mundial de la UICN, el 36,25% de las especies presentes en nuestro país, siendo esta la cifra más alta en la región.
El calentamiento global, la deforestación, la rotura de las cadenas tróficas, la introducción de especies ajenas, la contaminación del aire y el agua, el cambio de uso del suelo, la extensión de la frontera agrícola y pecuaria, la extracción de recursos naturales no renovables y la minería, son, entre otras, las causas de la degradación de los hábitats que producen la extinción de estas especies.
Decía Gandhi “debemos ser la expresión de nuestra proposición”, en tanto Martí sentenciaba que “la única forma de decirlo es hacerlo”, sembrando la máxima de la coherencia ética entre el discurso y la práctica; y, que nos convoca a examinarnos y entender que los problemas ambientales son consecuencia de un modo y estilo de vida que pretendemos conservar; y, exigimos sea respetado y garantizado, pero sin, en el camino, extraer o explotar los recursos naturales de los que provienen los bienes y servicios que lo configuran.
Vivimos en una cultura del desechable y el desperdicio, cambiamos de modelo de celular y otros instrumentos tecnológicos cada año, incrementamos los patios automotores privados, con su consecuente demanda creciente por combustibles fósiles, usamos embaces de plástico y poliestireno, desperdiciamos, diariamente, grandes cantidades de agua en consumos innecesarios y excesivos en el hogar (duchas prolongadas, lavado de autos, etc.), sin reparar en las afecciones a la capa de ozono, el calentamiento global, la destrucción de hábitats, producto de la deforestación, erosión y contaminación que provocamos en el camino de producir el confort de la sociedad del consumo.
Cuando Friedrich Hayek, premio Nobel de Economía de 1974, sostiene que “el principio de que el fin justifica los medios se considera en la ética individualista como la negación de toda moral social” refiere la necesaria definición de ética en términos del conjunto para la reconstrucción de lo moral, desde la perspectiva del “bien del conjunto”; es decir, es el bien colectivo, del conjunto, el factor de medición de la ética individualista hacia la ética colectiva.
Construyamos una ética individual y colectiva de respeto por el medio ambiente y conservación de los recursos que empiece por casa en un compromiso ético personal para mejorar nuestros usos y costumbres y subordinar nuestros consumos a nuestras reales necesidades.
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