La Noche Vieja

El calendario gregoriano, establecido en 1582 por el papa Gregorio XIII, reemplazó al calendario juliano, de Julio César, situando el origen de la escala en el nacimiento de Cristo, de acuerdo con los estudios de Dionisio el Exiguo, quien, basándose en la Biblia y otras fuentes ubicó el nacimiento de Jesús de Nasareth el 25 de diciembre del año 753 de la era Romana, dicho año pasó a ser el año 1 AD (Anno Domini), es decir año Uno del Señor.

 

El calendario gregoriano es un calendario solar, se basa en el ciclo de la tierra en su viaje alrededor del sol y distingue tres tipos de años: año común de 365 días; año bisiesto de 366 días; y año secular -aquellos terminados en “00” o múltiplos de 100 (cambio de siglo o milenio)-, que le sirven de ajuste a las diferencias en la duración exacta de la sucesión día-noche, rotación de la tierra y el ciclo de traslación de esta alrededor del sol, debido a que no todos los días duran exactamente 24 horas.

 

El año gregoriano se conforma por doce meses: dos equinoccios y dos solsticios que marcan el cambio de las estaciones en la tierra y han sido motivo de culto y veneración por casi todas las culturas en el desarrollo de su historia.

 

Diciembre, nombrado así en atención a su posición décima originaria (el antiguo calendario juliano dividía el año en 10 meses, diciembre el último) es un mes de especial conmemoración histórica, en el cual celebramos: solsticio y noche vieja: la última noche de cada año.

 

Así, medimos el tiempo y le inventamos barreras para sentir que lo controlamos, decía Eduardo Galeano, al presentar uno de sus más conocidos textos: El derecho al delirio (https://www.youtube.com/watch?v=K7chbai5fjY), escrito en la coyuntura del fin del milenio pasado y que se convierte en un llamado a la reflexión, al propósito y la enmienda.

 

Cada 31 de diciembre, cada noche vieja, cada año viejo, entre la evaluación de lo que fue y el sueño de lo que esperamos sea, convoquemos la memoria de Galeano y “aunque no podemos adivinar lo que será, sí tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea (…) ¿qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos por un ratito?” ¿Qué tal si nos proponemos no solo un año nuevo? ¿Qué tal si nos proponemos un horizonte nuevo? ¿Qué tal si nos proponemos un mundo nuevo? Un mundo en el que “(…) la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses. Pero en este mundo, en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última, y cada día como si fuera el primero” porque habremos comprendido; y, vuelvo sobre Galeano, que “hay quienes creen que el destino descansa en las rodillas de los dioses, pero la verdad es que trabaja, como un desafío candente, sobre las conciencias de los hombres”.

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