Entre el segundo sexo y la casa de las bellas durmientes

“Pero el delito no tomó forma clara de crueldad y terror en la mente de Eguchi. ¿Qué era lo peor que un hombre podía hacerle a una mujer? Las aventuras con la mujer de Kobe y la prostituta de catorce años, por ejemplo, no eran más que un momento en una larga vida, y se desvanecían en un instante. Casarse, criar a sus hijas, todas esas cosas, en la superficie, eran buenas; pero haberlas tenido durante largos años en su poder, haber controlado sus vidas, haber deformado sus naturalezas, todas esas cosas podían ser malas. Tal vez, engañado por la costumbre y el orden, nuestro sentido del mal se atrofia”.

 

Inevitablemente esta lectura de Yasunari Kawabata me remitió a aquellas -memorias de una joven formal-, en las que Simone de Beauvoir reflexiona y declara “no, me dije mientras ordenaba en la alacena una pila de platos; mi vida conducirá a alguna parte. Felizmente no estaba condenada a un destino de ama de casa”.

 

Así, entre Simone y Yasunari, entre el segundo sexo y la casa de las bellas durmientes, entre La construcción social y los condicionamientos biológicos, “entre lo sobrehumano y lo inhumano, ¿no hay sitio para lo humano?”.

 

Eguchi no condena el matrimonio, sino la relación cultural que sobre el hemos construido, y eso es, precisamente, lo que condena Simone, pues si bien la categoría animal es un producto biológico, la categoría humana es un constructo social, por tanto diferente. Simone, decía “no se nace mujer, se llega a serlo”, es decir, “mujer (coqueta, frívola, caprichosa, salvaje o sumisa, obediente, cariñosa, etc.) es un producto cultural que se ha construido socialmente. La mujer se ha definido a lo largo de la historia siempre respecto a algo: como madre, esposa, hija, hermana… Así pues, la principal tarea de la mujer es reconquistar su propia identidad específica y desde sus propios criterios”.

 

Aunque vigentes, más que nunca, las reflexiones de Simone enfrentan hoy un escenario diferente, es indiscutible que la lucha de los grupos de mujeres han conquistado importantes transformaciones y construcciones, principalmente normativas, sobre las cuales levantar una sociedad de equidad radical e irrenunciable; mismas que, siendo importantes, no son suficientes y tampoco alcanzan.

 

Para que tales conquistas alcancen el efecto de transformación social hacia la equidad, es preciso provocar un eco de resonancia a través de una revolución cultural que transforme las relaciones cotidianas de género y poder, esas que se expresan en casa y reproducen, no solo en nuestra sociedad sino que proyectan hacia la que nos sigue los pasos…

 

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