Seis de cada 10 ecuatorianos no votaron por Moreno, afirmación tan cierta e indiscutible como decir que 7 de cada 10 ecuatorianos tampoco votaron por Lasso, verdades van y vienen, y me recuerdan esa máxima de Descartes “No hay nada repartido de modo más equitativo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente”, pero la verdad numérica e inobjetable es que la primera vuelta la ganó Moreno: con 55% de los votos se aprobaría la consulta popular, propuesta por Movimiento País, que también lograría mayorías en Parlamento Andino y Asamblea Nacional.
Lenin Moreno consolida una votación que raya la barrera del cuarenta por ciento, con poco más de puntos de ventaja sobre Guillermo Lasso que significa algo más de un millón de votos como capital a favor para enfrentar la segunda vuelta electoral el próximo 2 de abril; ventaja que es la más amplia alcanzada por un candidato presidencial desde 1978, así como también es el techo más amplio alcanzado en primera vuelta en este período (exceptuando los dos últimos procesos en que Rafael Correa triunfó en primera vuelta).
Pero, más allá de los resultados numéricos ¿qué queremos los ecuatorianos del proceso electoral como resultado último?, ¿qué esperanza subyace tras la figura de uno u otro candidato?, ¿cuál es la ilusión movilizadora que provocó nuestra identificación con una u otra propuesta?, ¿qué hay más allá del “vamos por el cambio” o “el cambio verdadero”?
Asumamos, como hipótesis para discusión, que en verdad lo que los ecuatorianos necesitamos es un cambio, pero de que tipo; un cambio de modelo, de acuerdo, pero ¿un cambio del modelo de derechos hacia el modelo de mercados?; o, un cambio cultural que destierre ostracismo, demagogia y corrupción, para, recogiendo lo positivo, censurando y castigando lo que no sea transparente y honesto; corregir los errores y, sobre todo, reconstruir, desde nuestra profunda identidad y sentido de pertenencia, el cotidiano convivir en que buscamos sembrar una sociedad amplia, plural, incluyente, equitativa y sobre todo solidaria, como cada uno de nosotros.
Decía Einstein, “la mente es como un paracaídas… Solo funciona si la tenemos abierta”, idea que me parece hoy más oportuna que nunca, cuando el primer paso para emprender el cambio que inaugure el nuevo día, ese cambio del modelo cultural de la matriz de relaciones políticas entre la sociedad y el estado, debe ser un cambio conductual y actitudinal, un cambio que nos enfrente y predisponga con la necesidad de volver a reconocernos como actores de un mismo proyecto que aportan y aportamos desde la diversidad de las perspectivas y experiencias en la intención de una sola construcción posible, un Ecuador que sea “cuna, hogar y escuela”…
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