Por eso soy de izquierda…

Crecimos en la calle, jugando en la esquina, estudiando en la biblioteca; la jorga no era un espacio imaginario conectado en red, no teníamos internet o correo electrónico, cámaras digitales, zonas wifi, televisión por cable, netflix; no habían teléfonos inteligentes, silly users, redes sociales, facebook, whatsapp, instagram, telegram, twitter, snapchat y demás Smart communities que definen hoy por hoy el ritmo de nuestra vida.

 

¿Cómo sobreviviste? ¡Vienes de la prehistoria! ¿En tu tiempo no había civilización? Fueron las primeras reacciones de mis hijos que cargados de sorpresa, incredulidad y algo de ese delicioso humor infantil, me mostraron lo difícil que es imaginar el mundo al margen de la comodidad y dinámica de la era digital.

 

Recuerdo que traigo a colación dado que, en el marco del evento Mujeres en Escena, en la ciudad de Riobamba, tuvimos la oportunidad de dialogar con Ana María Guacho, quien tras recibir nuestro reconocimiento por su aporte y legado, pronunció un discurso que, más allá de lo emotivo y fuerte, confronta la necesidad de profundas reflexiones sobre la sociedad que tenemos, la sociedad de la que venimos; y, sobre todo, la sociedad que pretendemos construir y legar a nuestros hijos…

 

Decía Ana María: “a los 7 años entré a la escuela, por 6 meses nomas, pues una niña, indígena y campesina, de 7 años ya puede trabajar en la casa del patrón: barrer, limpiar, lavar, etc, no necesita saber leer… a los 14 un matrimonio arreglado, ni para eso nos alcanzaba el derecho…”.

 

Entre el mundo del que vengo y el mundo del que viene Ana María median los mismos cerca de treinta años; volver a mi mundo implicaría renunciar al confort de la tecnología digital, de la comunicación en tiempo real y de las redes sociales, apuesta compleja y poco imaginable, pero que se desdibuja y pierde relevancia cuando comparamos con lo que significa para Ana María devolverse hacia su mundo treinta años atrás.

 

En paralelo caminamos dos mundos: en el uno, el esplendor del consumo, el mercado y el confort de la vida eurocéntrica; en el otro, la lucha por conquistar los más elementales derechos ciudadanos. Podría aventurarme a renunciar a este mundo y devolverme sobre el mío, pero jamás podría prestarme para devolver a Ana María al suyo, por eso; por sus derechos, de ella y de cada Ana María, Transito, Manuela, Dolores, etc., por los derechos que nos cobijan y son irrenunciables para todos soy de izquierda, de esa izquierda coherente, comprometida, cotidiana, radical y solidaria.

 

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