“humanity owes the child the best it has to give”…

 La Unión Internacional de Protección a la Infancia es, sin lugar a dudas, uno de esos hitos de esperanza que florecen en el fango de la historia; si, esa historia de expansión, guerra, conquista, sometimiento; esa historia de racismo e imposición cultural, esa historia que consagra el heroísmo de la victoria bélica sobre la vida misma.

 

Así, mientras la batalla de Solferino nos heredó la Cruz Roja, el sueño de Dunant, la Primera Guerra Mundial nos legó la iniciativa de Eglantyne Jebb, Save the Children, organización que en 1919 proponía el reconocimiento jurídico de los derechos universales de la niñez, logrando que en 1924 la Sociedad de Naciones (primer organismo internacional de países creado mediante el tratado de Versalles de 1919, tras la Primera Guerra Mundial), apruebe la declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño.

 

La historia viaja por el tiempo; y, en ella los sueños que se sueñan con determinación y se caminan con voluntad y trabajo, germinan en procesos que transforman paradigmas y sociedades; así, el 20 de noviembre de 1959, la Asamblea General de Naciones Unidas acuerda la aprobación de la Declaración de los Derechos del Niño, en tanto que también un 20 de noviembre, pero en 1989, Naciones Unidas aprueba, por unanimidad, la Convención sobre los Derechos del Niño.

 

Decía Jebb “cada generación de niños ofrece a la humanidad la posibilidad de reconstruir este mundo” y, por tanto, “la humanidad debe a los niños lo mejor que tiene para dar”.

 

El Día Internacional del Niño, celebrado en cada 30 de noviembre en Europa, el 30 de abril en México, el 31 de mayo en Paraguay, el tercer domingo de junio en Venezuela, el último sábado de abril en Colombia; o, el 1 de junio en Ecuador, es un momento que convoca la memoria de la historia universal, para reafirmar las convicciones y volver a suscribir los acuerdos sobre los cuales procuramos transformar el mundo…

 

Los niños tienen y tenemos derechos, desde el derecho a tener derechos, soñar y levantar los sueños; los niños tienen y tenemos derecho a la vida y la salud; al descanso, esparcimiento, al juego, la creatividad y a las actividades recreativas; los niños tienen y tenemos derecho a un nombre, una nacionalidad, una identidad y una familia, tienen y tenemos derecho a la protección durante los conflictos armados; a la libertad de pensamiento, conciencia y religión; tienen y tenemos derecho a la protección contra el descuido, contra el trabajo infantil y la explotación, los niños tienen derecho a la educación y que esta no solo que sea gratuita, sino, y sobre todo, que entienda, como decía Plutarco, que “la mente -de un niño- no es un vaso para llenar sino una lámpara para encender”.

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