De Montesquieu a Montecristi

 


Somos el pasado acumulado, nuestra historia es evolución y capacidad adaptativa para sumar experiencias y proyectar utopías para, desde rudimentarias formas de organización arcaica, avanzar en la construcción de estructuras que respondan a las históricas contradicciones de la acumulación y el poder.

 

En el ideal del Estado Moderno, basado en la separación de sus poderes, Montesquieu sostiene que la división jurídica de las funciones ejecutiva, legislativa y judicial es necesaria, pero no suficiente en tanto garantizar la libertad y el ejercicio de los derechos de los ciudadanos, para ello propuso su teoría de la distribución social del poder, debate sobre el cual nacen, cobijados en el llamado “Oráculo de Montesquieu” las modernas constituciones que dan forma a los estados.

 

La dicotomía que Montesquieu propone divide, en la esfera política, el Estado deja de relacionarse con clases, para relacionarse, a través de instituciones, con ciudadanos, en tanto que, en la segunda, mediante la distribución social del poder se garantiza que los ciudadanos puedan convertirse en sujetos de derechos y en libre ejercicio de los mismos.

 

Así, el modelo distribuye el poder (en acepción mínima por efectos didácticos) en tres órganos: el Legislativo, representante de la voluntad general que se expresa a través de la construcción de las leyes a que se somete el colectivo; el Ejecutivo, quien tiene como encargo el cumplimiento de esa voluntad expresa, a través de la administración general de lo público; y, el Judicial, encargad del juzgamiento de infracciones y las diferencias entre particulares.

 

El poder es bicéfalo para Maquiavelo, es decir, se comprende de dos dimensiones, la primera, se corresponde con el constructo normativo-institucional (la división en tres instancias: Legislativo, Ejecutivo y Judicial), en tanto que la segunda, la social, refiere a la cultura de uso, el ejercicio cotidiano de la garantía de los derechos consagrados en el marco normativo-institucional.

 

El poder se reproduce y amplifica desde la concentración, Legislativo-Ejecutivo-Judicial son necesarios, sin embargo no suficientes, el trípode necesita de la inclusión de nuevos elementos que fomenten la trasformación de las estructuras concentradas, concentradoras y excluyentes; así, de Montesquieu a Montecristi, nuestro camino dibuja la figura de una nueva función: Transparencia y Control Social y dentro de ella una institucionalidad el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social.

 

Somos el pasado acumulado, errores y aciertos que van dibujando el camino, el Consejo de Participación es un ejercicio por buscar la construcción de ese poder ciudadano, de esa distribución social del poder, de esa nueva cultura de relaciones políticas Sociedad-Estado.

 

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