El, la, los, las… de la estrategia a la cultura

 

Las identidades son producto del constructo histórico-cultural al cual deben su proceso de conformación, del mismo modo, las identidades de género se corresponden con una construcción histórica a través de la que se configura un paradigma dominante como escenario de lucha y ejercicio de poder, es decir, en términos de Scott, “las identidades no son entidades naturales, objetivas o sociales que existen previamente a su invocación por parte de las personas, sino que se construyen como tales en el proceso mismo de su invocación”.

 

Las identidades de género y su división de roles, son productos artificiales, construidos históricamente; pues las relaciones de género constituyen una forma primaria de poder, lo que nos convoca, por lo menos, a dos reflexiones iniciales alrededor de estas asimétricas relaciones.

 

En un primer momento cabe cuestionar los roles de género como estrategia de reproducción o poder; confrontar, desde la evolución epistemológica, las visiones socio-biológicas y antropológicas del “hombre cazador y la mujer recolectora” que se encuentran en un punto primario de intersección de la construcción cultural que pretende legitimar la estructura de relaciones de género en las esferas sociales, económicas y políticas.

 

Una segunda reflexión; cuando entendemos que las relaciones de género, más allá de su origen temprano o tardío, han provocado una cosmovisión o paradigma dominante que se expresa de manera cotidiana a través de la cultura, pues la genética social reproduce su patrón en espiral; o, como decía Krishnamurtis “somos el pasado acumulado”; dado que nuestra cultura se basa en el ayer, en miles de ayeres que nos preceden y condicionan; pues de este modo ser hombre o mujer, más allá de la categoría biológica del sexo, se corresponde con un constructo histórico-cultural que se retroalimenta de manera sistémica.

 

Para Esther Vilar “el ser humano no es nunca libre, durante sus primeros años de vida está enclaustrado entre las reglas de los adultos, y como carece aún de experiencia del comportamiento social, depende plenamente de esas reglas”; así, los roles de género se construyen, aprenden, practican, reproducen, amplifican, irradian y consolidan (o transforman) desde el flujo del devenir cotidiano de la práctica de la cultura y su forma de expresión y relación.

 

El, las, los, las; el lenguaje es una forma de expresión de los códigos de la cultura, en principio desprovisto de dirección, no discrimina más allá del uso y la intención que le reviste de contenidos. Uso e intención que son producto del paradigma desde el que se proyecta; las transformaciones en el lenguaje, en ciertos casos necesarias, en otros redundantes, no son en ninguno suficientes; en tanto no se provoquen transformaciones de cosmovisión y paradigma, transformaciones de la cultura como plataforma cotidiana en que deviene la historia

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