El, la, los, las… Supraestructura del poder

 La masculinidad es un constructo histórico que, parte del reconocimiento de las diferencias en las relaciones de género en un intento por naturalizar lo culturalmente consolidado, provocando así su propia supraestructura reproductora a partir del imaginario “del cazador y la recolectora” que delimita los roles y espacios de correspondencia: lo público para el hombre, lo privado para la mujer; idea alrededor de la cual genera un conjunto de símbolos y valores que la reproducen de manera casi sistémica.

 

La cultura se convierte, de este modo, en un cimiento constitutivo de la supraestructura ideológica de la división de los roles, lo que Bourdieu define con acierto al afirmar que “la dominación masculina se inscribe en disposiciones inconscientes de hombres y mujeres. Requiere de una complicidad en la cual participan dominadores y dominados que, en su actuar cotidiano, recrean las estructuras institucionales y económicas y las representaciones simbólicas de la dominación”; de este modo, levantamos una sociedad que distorsiona y divide el género en dos posiciones antagónicas: lo masculino, que privilegia las matrices de lo racional, de la fuerza, valentía, producción, sustento, conquista; y, lo femenino que es el encuentro de lo emotivo, lo débil, lo dependiente.

 

Una re-evolución del género, para ser, tanto auténtica, cuanto eficaz, debería provocar la construcción de una sociedad holística que integre masculino y femenino en un constructo cultural renovado e incluyente, una sociedad en la cual la categoría de género parta, y se redefina, desde el análisis de los condicionamientos históricos del constructo donde lo biológico pudo provocar roles en lo económico, lo social, lo jurídico, lo político, lo psicológico y lo cultural que hoy deben ser, no meramente entendidos, sino modificados.

 

Más allá del: “el, la, los, las…”, el nuevo debate debería ubicar en el centro del problema las distorsiones que nacen en la matriz de relaciones de poder, y sus constructos históricos, que condicionan, por un lado la exclusión de la mujer de la esfera pública; así como, por otro la negación de las emociones, afectividades y capacidad de expresividad masculina sostenida por las corrientes mito-poéticas de las masculinidades.

 

Infraestructura y supraestructura, la dialéctica vigente, hoy más que nunca, nos muestra un escenario en el cual los significativos avances normativos y de institucionalidad para la equidad, siendo acertados, no perfectos; no son suficientes, demandan, con urgencia de una revolución del paradigma dominante, es decir, de una redefinición profunda de la supraestructura que cimiente una nueva cultura de relaciones de género plurales, equitativas e incluyentes…

 

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