Suspensión de la incredulidad de Otranto a la agenda política

 Lovecraft, el maestro del horror, calificó de “tediosa, artificial, melodramática y acartonada” a la obra de Walcope, sin embargo, “el Castillo de Otranto” es el referente inicial de la literatura de horror gótico a la que suceden el Frankenstein de Shelley o el Drácula de Stoker…

 

Ingenua o melodramática, la obra de Walcope alcanza el éxito en función de lo que Coleridge define como “la suspensión voluntaria de la incredulidad”, frase con la que explica el desarrollo de una estrategia narrativa que depende de la capacidad del lector para “limitar” su derecho a juzgar si la historia es o no consistente.

 

“La suspensión de la incredulidad es fundamental en la creación y vivencia de narraciones ficticias, pero se vuelve casi patológico cuando es asumido como herramienta para analizar la realidad” (García Mainou); proposición que explica su paso de la literatura gótica a las artes escénicas, el cine, la televisión y los medios de comunicación que, sumando falacias creíbles, multiplicando vocerías, basadas en argumentos demagógicos, abordados desde diferentes aristas y actores, configuran una historia de consumo de masas que construye imaginarios ciertos o artificiales y define agendas públicas en función utilitaria de quien las construye.

 

Del Castillo de Otranto a la agenda política, es una reflexión necesaria, pues cuando el centro del debate debe convocarnos a la definición del tipo de Estado que pretendemos construir, nuestra atención está centrada en explotar el conflicto de la sucesión del liderazgo, procurando encontrar fricciones o provocar rupturas que devengan en una línea de regresión del Estado de derechos al de capitales.

 

Más allá de Otranto, significa recuperar el juicio crítico frente a la “verdad” develada y artificialmente construida desde la intencionalidad de los medios (cada uno en función del patrón), sólo entonces podremos entender el contenido profundo del debate en torno a que: a la división jurídica del poder, debe sucederle su distribución social, para provocar una re-evolución del modelo de democracia procedimental minimalista del voto, hacia un nuevo modelo de democracia plural de la participación y la contraloría social.

 

Este nuevo modelo necesita levantar dos columnas sobre las cuales reconstruir el mosaico; en la primera, fortalecer la institucionalidad del Estado lo que, a partir de Montecristi, nos propone consolidar una plataforma institucional y batería normativa para garantizar el ejercicio de los derechos ciudadanos de participación y contraloría social; en tanto que, en la segunda, provocar una revolución cultural de las formas de organización y relación de la sociedad civil con el Estado.

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