El Carnaval es la fiesta del caos; una suerte de big bang que nos conduce hacia un nuevo orden; representa, desde la perspectiva cabalística del simbolismo judaico (del cual nace la fe católica) la necesidad de perderse para encontrarse; es el sentido sobre el cual se desarrolla el Fausto de Goethe cuando crea un paréntesis destinado a liberar las pasiones inferiores para que se manifiesten y, tras vivir y agotar su existencia, den paso a un nuevo ciclo a través del cual el ser nace renovado en su fe y compromiso.
El Carnaval cierra con el Miércoles de Ceniza, nombre que se deriva de la costumbre de trazar una cruz de ceniza sobre la frente de quienes serían iniciados en los misterios Crísticos y que hoy, se coloca en todos los profesos seguidores de la fe.
Al Miércoles de ceniza le sucede la Cuaresma, periodo que constituye un arco temporal que representa el periodo de instrucción espiritual que precedía a la iniciación en la Pascua; hoy, la Cuaresma simboliza el periodo de ayuno que la Iglesia instauró para la expiación de los pecados y la preparación para la conmemoración del misterio central que encierra el mensaje, contenido y sentido de la fe Cristiana, la Semana Santa.
El Carnaval es el puente, simboliza el caos del que renace el orden; el Miércoles de Ceniza es el portal que nos conduce, por el camino de la Cuaresma, hacia el nuevo orden; así la rueda del tiempo nos cuenta, desde significantes que debemos volver a llenar de significados, los misterios de la fe que profesamos, la fe que queremos vivir y transmitir; la fe que es, cuando se conoce, entiende y practica: camino, refugio y legado.

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