Del latín pentecoste que se traduce como quincuagésimo, el pentecostés marca el periodo de cincuenta días que sucede a la pascua, cuando el pueblo judío celebra el Shavuot, fiesta conmemora, siete semanas después de la pascua, la entrega de la Ley a Moisés, los cristianos recuerdan el descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles el Cristo, marcando el nacimiento de la iglesia católica.
Originalmente la fiesta de la pascua nace como acción de gracias por la cosecha del trigo, fiesta que, en la resignificación simbólica, en el proceso de construcción de los trascendentes lasos de identidad, se vincula con el éxodo mosaico; en el antiguo testamento y, con el Cristo Cósmico de la cosmovisión católica.
La fiesta de la pascua conmemora el paso hacia la luz, el renacer de la tierra, la libertad del hombre, la pascua es la victoria del Cristo Solar que emerge venciendo la muerte para redimir el planeta, tras la pascua, el pentecostés, el camino hacia el encuentro de nuestro trascendente profundo.
De Moisés al Cristo, sumando a Osiris en la tradición egipcia; el Ormuz de los persas; el Buda de la tradición indú; el Kuan Yi de los tibetanos; remontándonos hasta el primigenio Zoroastro, para emerger renovados por el camino del conocimiento que es libertad y trascendencia.
La fiesta del pentecostés es la conmemoración de la renovación del pacto entre el infinito superior y la humanidad, nos convoca a buscar, desde dentro, el compromiso, la voluntad y disciplina para trabajar en nosotros mismos para emerger como nuestra mejor versión, nuestra mejor posibilidad, nuestra mejor manifestación…
(Romanos8:11): y, si el espíritu de aquel que levanto a Jesús de entre los muertos vive en ustedes; entonces pentecostés es asumir nuestra propia esencia y emprender el viaje hacia la liberta primera, la libertad del cuerpo, la mente y el espíritu.

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