¡Dos y dos son cuatro; cuatro y dos son seis; seis y dos son ocho horas de apagón!, pero si no les gusta la sopa, dos platos, y así, nos clavaron dos jornadas de apagones por día…
Entre noviembre de 1992 y febrero de 1993, mediante decreto presidencial, se dispuso adelantar 60 minutos la hora marcada en el reloj, con el objetivo de que la jornada se desarrollara aprovechando la luz solar, para reducir la demanda de energía a nivel nacional. La “hora Sixtina”
Tres décadas después se va la luz, se va el internet, se va el caimán…
Sequía; estiaje; falta de planificación, de inversión en infraestructura y mantenimiento; demagogia; y un largo etc., dan cuenta de la matriz de la que se desprende una nueva crisis energética que nos afecta a todos; si a todos, porque la energía es útil y necesaria en la casa, en la oficina, en el aula, en el taller, en la empresa, en la vía, ¡imagina los helados a esta hora!
Hoy como hace 30 años vivimos una suerte de “hasta que diosito quiera y haga llover”, como definió uno de los inefables ministros, (que no menciono, no sea que se aparezca); pero hoy, a diferencia de como era nuestro mundo hace tres décadas, sin energía eléctrica fallan todas las formas telemáticas sobre las cuales camina nuestra sociedad y cada apagón genera un efecto recesivo de tipo bola de nieve sobre nuestra economía.
Se fue la luz, se cayó el internet, según estimaciones de las cámaras cada hora de apagón le cuesta al país como 12 millones de dólares, equivalentes (dólares más, dólares menos) al dinero requerido para crear, con financiamiento anual, dos mil plazas de trabajo; dicho de otro modo, cada hora de apagón equivale a dos mil plazas de trabajo perdidas en nuestro Ecuador.
Se fue la luz y, si no llueve, ni quien la traiga; pero cuando llueva ¿quién traerá de vuelta todos los empleos que la negligencia y falta de planificación en la gestión pública han provocado?

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