Quizá Mañana, la propuesta curatorial de la XVI Edición de la Bienal de Cuenca convocó el dialogo de las distopias sobre las cuales caminamos una realidad que sobrecoge cualquier ejercicio de conciencia.
Marilá Dardot conmovió la memoria cuando, desde un pequeño rincón de Pumapungo, a través de su Zero Tolerance Silver Clouds, nos regresó por el túnel del tiempo hasta 2018, en aquel centro de detención de Texas donde algo más, algo menos, de dos mil niños inmigrantes eran separados de sus familias y encerrados en jaulas, vestidos con mantas plateadas; representándolos como corazones plateados enjaulados y expuestos…
Los Estados Unidos de Norte América se levantan sobre la bandera de la colonización que se fundamenta en la migración, SI, en la migración que constituye el ethos identitario de su propia historia, cimentado en la libertad como pathos y consolidado en el logos de su propia democracia.
¿Cómo un pueblo construido sobre los ideales de la democracia, la libertad y la migración, puede, de espaldas a su historia y naturaleza, enarbolar la bandera de la xenofobia y justificar el atropello del más elemental derecho a la libre movilidad humana?
¿Cómo? Cuando mezclamos nacionalismo, fanatismo y xenofobia; para un ejercicio populista del poder; entonces caminamos sobre la cornisa del desastre, en el borde mismo del fascismo; si del fascismo por duro o extremo que suene.
Polarizar, verticalizar y construir una matriz identitaria irrenunciable son las bases del populismo: polarizar frente a la amenaza externa, Estados Unidos contra la República Popular China; verticalizar las decisiones, eliminando liderazgos alternativos o disonantes; “¡volver a ser una gran nación!” o “América para los americanos”, frases que convocan signos irrenunciables de la cultura popular norteamericana.
Cuando el proyecto político nace del populismo, de un populismo nacionalista, xenófobo, intolerante y radical, las jaulas se multiplican y las libertades, otrora ethos, se convierten en quimeras…

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