Democracia y protesta

 

Todos, o casi todos, con seguridad la mayoría hemos podido leer, sobre la banda presidencial una singular leyenda que reza “mi poder en la Constitución”, luego por relación de causalidad, al revisar la Constitución, en búsqueda de un sentido más desarrollado de la expresión, encontramos que el artículo (de la ya tan citada, cuanto manoseada Constitución) uno establece, en su segundo párrafo, que: “la soberanía radica en el pueblo, cuya voluntad es el fundamento de la autoridad, y se ejerce a través de los órganos del poder público y de las formas de participación directa”.

La democracia, nuestra democracia, se define como una plataforma que convoca, al menos tres momentos: representación, participación y decisión directa; esta última con una doble forma de ejecución; en la primera nos permite delegar la autoridad (o poder) para la gestión de lo público, no significa patente de corso para hacer o deshacer a gusto, disgusto o complacencia del electo, sino en función del proyecto político que responda a las necesidades y expectativas del mandante, en este caso quien otorga la delegación por medio del voto.

Muy lejos de esto, la democracia contemporánea se pierde en tránsito de lo ideal a lo real, cuando los principios normativos (soberanía popular) se subordinan a las decisiones que no aceptan el diálogo como forma de integración de las opiniones y posiciones disonantes y configuran lo que Bobbio define como la promesa incumplida.

La calidad de la democracia no es un problema de apatía ciudadana o ineficacia de los sistemas y las instituciones; todo lo contrario, es un problema que se ancla en la cultura y la hegemonía como base para la concentración del poder; como sostiene Gramsci, la coerción como forma de dominación requiere de la imposición intelectual y moral de los paradigmas que configuran la relación opinión pública – imaginario social.

Entre Bobbio y Gramsci, de la promesa incumplida a la lucha por la transformación cultural de la hegemonía, la democracia demanda, para ser real, efectiva y transparente de un proceso de transparencia radical del poder que haga efectivo el principio de soberanía popular.

De Gramsci a Bobbio y de Bobbio a Gramsci, la democracia requiere un proceso de reconversión cultural que rompa la inercia de la hegemonía del poder y construya nuevas formas de relación Sociedad – Estado, donde: si el pueblo habla, el poder escucha y, el diálogo se convierte, más allá de las marchas, protestas y enfrentamientos, en la única forma de acción y reacción.

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