Posteriormente Numa Pompilio, el segundo emperador romano introdujo en el calendario dos meses enero, en honor de Janos y febrero en honor a Februus; y, finalmente Julio César, en el año 46 a.C. estableció el 01 de enero como inicio del año solar, con una duración de 365 días con un año bisiesto cada cuatro años para ajustar el desfase estacional.
Este desfase de, aproximadamente, cinco jornadas que no encajan en la geometría celeste; provocado por el recorrido elíptico de la tierra en su órbita solar y sus grados exactos, dibuja un evento caótico en el continuo del tiempo que, por su naturaleza indómita, se consagró como el desgobierno sagrado que antecede al resplandor del nuevo amanecer, del caos emerge el orden.
Así nace el Carnaval: la efervescente alegría que contagia, desborda y gobierna, la algarabía que simboliza la confusión original. El signo del caos ritual del cual emerge, tras el rito de la ceniza, el nuevo orden en que caminamos al encuentro de la renovación: Carnaval – Ceniza – Cuaresma – Semana Santa.
De las tinieblas a la luz, la materia se transmuta en la energía matricial, pues la carne es polvo y sobre su matriz regresa, pero la conciencia es esencia superior y trasciende sobre el caos para caminar su eterno retorno al sol del que proviene.
El tiempo no es sucesión lineal, sino el espacio en que construimos el simbolismo trascendente sobre el que entendemos el mensaje de Levi: “el hombre se ha vuelto un símbolo y es así como se hizo Dios”

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