Ecos del caos: ¡La narrativa como forma de gobierno!

La geopolítica del rumor, basada en la propagación de información no verificada, ambigua o deliberadamente falsa, emerge sobre tres pilares que configuran un escenario que utiliza la ansiedad social como espacio de construcción de imaginarios que, aprovechando los vacíos informativos como herramienta estratégica, influyen en la vox populi como expresión de poder.

El primer pilar, el rumor como arma de desestabilización, utiliza narrativas para minar la confianza, desde la creación de la duda como diálogo; o para probar reacciones ante posiciones políticas o medidas económicas.

Desde la integración transfronteriza y supracultural de las redes como nuevos territorios de articulación social, el rumor emerge configurando una nueva forma de construcción no territorial de identidades y colectivos que se movilizan por causas, prejuicios culturales o miedos compartidos.

Finalmente, el tercer pilar, la posverdad como forma de construcción narrativa de los hechos a partir de emociones y creencias personales, potenciadas desde la caja de resonancia de las redes sociales donde el rumor, moneda de cambio en tiempos de incertidumbre, se posiciona como herramienta de dominio narrativo que, aunque sea falsa, regula el clima emocional de un colectivo.

En este ecosistema de verdades fragmentadas, la institucionalidad tradicional pierde espacio en la construcción de los relatos públicos, mientras que la legitimidad se articula desde la capacidad de resonancia (repetición) sobre la demostración argumental, transformando la entropía comunicacional en el factor condicionante de la democracia y sus mecanismos de participación ciudadana, desplazando el debate racional, en tanto campo de lucha bourdiana, y sustituyéndolo por el antagonismo como forma de construcción identitaria del colectivo.

Colorín colorado, la geopolítica del rumor es el camino que subordina los contenidos a los clivajes y, desde la alteración de la percepción de la realidad, reconfigura la esencia misma del ejercicio democrático, sustituyéndola por una adhesión emocional donde gobernar, lejos de la administración de lo tangible, se convierte en la mediación de la incertidumbre que se produce y reproduce desde las narrativas del poder.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
De acuerdo Tito, es el mundo que vivimos y vamos a la colonización mental. Felicitaciones.
Anónimo ha dicho que…
Anónimo ha dicho que…
Sí, el poder lo detenta quien construye la narrativa y logra imponerla. Se trata de una manipulación sistémica programada que atraviesa la música, el cine del imperio, la moda y la industria cultural en general; todo responde a un propósito oscuro de control simbólico.
La confusión y la hiperinformación, disparadas en todas direcciones, sumergen a los individuos en luchas internas que no nacen de su genética, sino que son provocadas por la lógica de oferta y demanda del sistema. Así, se configuran subjetividades patologizadas: ansiedad, depresión, violencia, distracción en futilidades, mientras los dueños del discurso extienden sus tentáculos hasta las geografías mentales y emocionales, ganando terreno incluso sobre la soberanía corporal.
Las redes sociales, biomas perfectos para el rumor, el caos y la viralidad, cuentan con su ganado humano: sujetos que prefieren la comodidad del “dejarse pensar” y el status quo de “si te sigo y te legitimo, me mantengo en el juego del poder”. Pero no en el poder de ser.
PoemayLetrasLlns ha dicho que…
Sí, el poder lo detenta quien construye la narrativa y logra imponerla. Se trata de una manipulación sistémica programada que atraviesa la música, el cine del imperio, la moda y la industria cultural en general; todo responde a un propósito oscuro de control simbólico.
La confusión y la hiperinformación, disparadas en todas direcciones, sumergen a los individuos en luchas internas que no nacen de su genética, sino que son provocadas por la lógica de oferta y demanda del sistema. Así, se configuran subjetividades patologizadas: ansiedad, depresión, violencia, distracción en futilidades, mientras los dueños del discurso extienden sus tentáculos hasta las geografías mentales y emocionales, ganando terreno incluso sobre la soberanía corporal.
Las redes sociales, biomas perfectos para el rumor, el caos y la viralidad, cuentan con su ganado humano: sujetos que prefieren la comodidad del “dejarse pensar” y el status quo de “si te sigo y te legitimo, me mantengo en el juego del poder”. Pero no en el poder de ser.
Trisha Llivalen