Simbolismo sonoro

 


En Steinbeck la música juega a suerte de extensión del pensamiento, la realidad se percibe a través de “canciones” -piezas, melodías- que reflejan-construyen estados emocionales o anticipan el peligro circundante, en la cultura japonesa, como lo describe Ken Mogi, profesor invitado del Instituto Tecnológico de Tokio, la vida posee su propio simbolismo sonoro, no se trata, por tanto, de un adorno ambiental, sino de un elemento narrativo estructural que construye, describe o condiciona la psicología de los personajes en el ritmo de la historia.

La música como símbolo se construye desde la onomatopeya como forma de percepción del mundo y sus matices que demanda atención sobre una plétora de cualidades que, por simples, complejas, fugaces, etc., configuran el continuo de la vida.

En la cultura japonesa la música es un canal desde donde se construye un puente hacia la conciencia del presente, concepto que, desde El libro de la almohada, una de las obras más importantes de la literatura nipona, nos propone la observación meticulosa y estética de los detalles cotidianos; concepto occidentalizado en la perspectiva contemporánea del mindfulness.

El segundo pilar del Ikigay, nos propone el reto de renunciar al ego como el camino para reconectar con el momento presente y, retomando a Mogi, desde nuestra arquitectura mental encontrar, desde la vigilia, la sensación de plenitud del tiempo presente.

Tanto en Steinbeck como en la tradición japonesa, la música no es un accesorio, sino una forma de conocimiento. Su función trasciende lo sensorial para instalarse en el núcleo mismo de nuestra experiencia, justo allí donde pensamiento y emoción se funden.

La música, más allá de una cualidad estética, emerge como un dispositivo de interpretación de la vida, donde cada nota construye y deconstruye la experiencia que nos conduce hacia la conciencia del ser.

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